Ir al contenido principal

Pastillitas

Hola, soy Azulita. ¿Azulita? Sisas, pero también me dicen Stela, que es el apócope de mi nombre. ¿Cómo te llamas? ¿Quién eres?
Hago que la gente que está enferma salga de sus casas, me introduzco en las personas por la vía oral y de alguna manera logran bañarse y volver a salir. Actúo con Zolo. ¿Y ese quién es? Es su apócope.
Muy triste, en todo caso, especialmente para ella, haberse dado cuenta de que necesitaba ayuda. Ya en enero andaba así. Había logrado dejar todo, sumergiéndose en el alcohol, pero un día, una vez que ya no aguantaba más, llamó a la otra, la de piel blanca, blanca, blanca. El pelo también. Parece que a ratos se lo toman el uno a la otra, pero la otra lo tiene negro, negro, negro. 
¡Qué policromías tan feas! Azul, blanco y negro. Se asemejan a un conjunto de juventudes fascistas del Mediterráneo. ¿Cuáles andaban de blanco? La verdad es que no me acuerdo, pero eso no importa. Puede que fueran las de Hitler, hombre que amó la paz como ningún otro, lo dijo en un discurso. No, esas, creo, eran pardas, y en este intento de cuento pardo no hay nada, salvo el apellido del candidato por el que votó para la presidencia de Colombia hace dos años. ¡Pero fue por el rojo! Pues claro, pero se apellidaba del otro color.
Dos de mí y al pelo. Y otras dos de Zolo, más una que parece una bala, esa que la mantiene con vida, Ciclo. ¿Qué ciclo? Dijeron que era como de ciencia ficción. Hoy en día todo invento les parece de ciencia ficción, así sean médicos, así sean científicos, dicen que son cosas como de ciencia ficción, pero esta otra, que a eso se debería dedicar, a aprender a ficcionar, toma pastillas así, de ciencia ficción, pero no sabe cómo hacer un cuento.
Bonito fuera eso: tomar pastillas de ciencia ficción, futuristas, y así, de la nada, volverse cuentista, ficcionista, pero pasa que no, que esa Ciclo nada más afecta el sistema inmunológico quitándole unas cuantas defensas y evitando que una presa muy grande, la más grande del cuerpo, la rechace. 
Qué palabra tan fea esa para referirse a una parte tan vital del cuerpo humano. ¿Sí, no cierto? Órgano, hígado, ¿pero presa? Y así aparece en los manuales. 
Aunque sí la mantiene presa. ¿Cómo? Es como un grillete de 2 mg de alto control farmacéutico y de un precio ridículo que no se lo costearían ni por fuera del país, ni de la ciudad. ¡Válgame! Sí, más el tratamiento del láser, muy costoso también, porque da hiperirsutirmo (del que por sí ya sufría) y eso le crecen las uñas, vello y pelo a la velocidad de la luz. Ni se volvió a depilar las cejas porque parecen fortificadas con un suplemento de calcio y el dolor de arrancárselas duele más que hacerse un tatuaje o un pirsin. Y dice que así se parece a Frida, pero se engaña, porque Frida era Frida y ella es ella y sufre mucho. Entonces sí se parece a Frida. No, porque el sufrimiento de Frida era otro.  
Tanto tiempo escribiendo y desde que le dijeron que ese de 1914 no servía pa' concurso no volvió a escribir cuentos, no más este, tan bobo. 

Comentarios

Entradas populares de este blog

Cuento

De niña tenía tres amigos imaginarios: El Miamor, Rosita y Angélica. Raro que Angélica llevara siempre un vestido rosadito, mientras que Rosita, uno azul. El Miamor siempre estaba de rojo. Miralos, le decía a mi abuela. Le decía a todo el mundo, pero nadie los veía.
Y tenía un Coqueo, un coqueo rosadito. El Coqueo era una cobija pequeñita en forma de conejo que me regaló un amigo de mi papá cuando nací. Mi mamá dijo "valiente maricada", no sabiendo del amor que nos íbamos a tener -del amor que aún le tengo- ni de cómo me chocaba que me lo lavaran y perdiera ese olor a mugre, mocos y lágrimas.  Así lo puse, Coqueo,  pero en un viaje a la finca de mi tía Gladys en Puerto Triunfo lo dejaron perder en una cantina. Objeto transicional, que llaman. Con él me chupaba el dedo hasta que me dormía. Y chupé dedo hasta los trece años (todavía tengo una cicatriz en mi dedo gordo izquierdo que lo comprueba). Con él jugaba, también, a que era torera de un torito de mi tamaño. Y, con unas esp…

Flor de azalea y Un mundo raro

De cuando el Che no era "terrorista"

Del 99 para acá la derecha fue tomando campo. Todo. El campo y campo y espacio en la política. Aún recuerdo cuando el mítico Ernesto Guevara de la Serna Lynch era un honorable personaje y no un terrorista cuya imagen habría de ser incautada por la policía de mi país ni sus seguidores señalados de, también, terrorismo. A Cuba fuimos en el 96 con mis papás, ellos nos llevaron. A Pablo, a María y a mí nos compraron camisetas y boinas. Nos llevaron a la Plaza de la Revolución, y allá nos lo señalaron como un libertador, el epítome del héroe latinoamericano. Sí, mis papás, antes del gobierno de ese señor del que uno no quisiera acordarse y en el que a todos les lavaron la cabeza. Con el tiempo, durante el gobierno del señor Andrés Pastrana, me volví más admiradora de Juárez que de cualquier otro. Pero Juárez no simbolizaba lo que Ernesto, ni Bolívar ni ningún otro lo hará. Es que ni Villa, ni Zapata, ni Frida, lograron condensar a la izquierda de manera tan concreta, y a todos mis respeto…