Ir al contenido principal

De cuando el Che no era "terrorista"

Del 99 para acá la derecha fue tomando campo. Todo. El campo y campo y espacio en la política.
Aún recuerdo cuando el mítico Ernesto Guevara de la Serna Lynch era un honorable personaje y no un terrorista cuya imagen habría de ser incautada por la policía de mi país ni sus seguidores señalados de, también, terrorismo.
A Cuba fuimos en el 96 con mis papás, ellos nos llevaron. A Pablo, a María y a mí nos compraron camisetas y boinas. Nos llevaron a la Plaza de la Revolución, y allá nos lo señalaron como un libertador, el epítome del héroe latinoamericano. Sí, mis papás, antes del gobierno de ese señor del que uno no quisiera acordarse y en el que a todos les lavaron la cabeza.
Con el tiempo, durante el gobierno del señor Andrés Pastrana, me volví más admiradora de Juárez que de cualquier otro. Pero Juárez no simbolizaba lo que Ernesto, ni Bolívar ni ningún otro lo hará. Es que ni Villa, ni Zapata, ni Frida, lograron condensar a la izquierda de manera tan concreta, y a todos mis respetos.
Pasó que durante el gobierno del señor aquel todo el que admirara al Che era un puto terrorista, palabra que odio y que considero prejuiciosa, pues la usan por maniqueo y para conveniencia propia.
Hace como tres semanas le recibí un domicilio y tenía puesta esa camiseta del Che que mis papás me regalaron. El señor que me entregaba la mercancía me lo dijo "¿usted es terrorista de las FARC?" Calmada, le repliqué que sí, y me dijo "bien" sin mayor problema. No me increpó más, ni me llamó de ningún otro modo y me mostró su pulgar en señal de aprobación. Lo que pasa es que yo ni a las FARC, ni a las AUC, ni a nadie, lo considero terrorista. Ese término no debería existir. Lo usan los mamertos de la derecha especialmente, y abusan de él para macartizar. Esa mentalidad se adoptó durante el gobierno anterior, cuando los medios empezaron a disuadir a la gente y a difundir ese manual del perfecto idiota latinoamericano y a decir que el Che era un sinvergüenza, un asesino, un déspota, un pobre mandril que asesinaba a su antojo sobre todo porque el gobierno de Hugo Chávez lo exaltaba, gobierno "enemigo", entre otras cosas... y terrorista. 
Los mataban y los desaparecían desde antes, pero se volvió oficial, un mandato, hacer de la izquierda algo muy peligroso. Empezaron a perseguirnos, a estigmatizarnos, a dañarnos a nuestras figuras y héroes hasta el punto en el que ni entre izquierdistas en América Latina podemos apoyarnos para evitar el señalamiento y la "mala fama". Así, ni Piedad Córdoba ni Chávez pueden demostrar abiertamente su simpatía a Andrés Manuel López Obrador para "no dañarlo" y evitar que en México le teman. Antes, hace solo seis años, Chávez pudo darse el lujo de no reconocer al gobierno espurio de Felipe Calderón, pero desconozco las razones por las cuales volvió a tener relación con los mexicanos. Tal vez por hermandad, supongo, y por eso mantiene relaciones con el hijueputa de Santos, cosa que no me molesta.
El caso es que yo misma llegué a renegar del Che y de Chávez y de Fidel. Aquí nos uribizaron las mentes hasta el punto de hacernos creer que los mismos que no habíamos votado por él, sus contradictores, éramos malos, al igual que nuestros líderes y figuras. Yo he visto a gente que odia a Uribe pero que encarna los más crasos pensamientos de él, qué pesar. Y eso solo se vino a ver durante y después de ese maldito gobierno, del que uno no quisiera acordarse pero que por muchas razones tiene que nombrar.
Para demostrar una moralidad suprema, la gente desprecia a Piedad abiertamente, como a Ernesto, mi hermano, mi camarada. Un médico que, como yo, era un burgués resuelto a luchar por los derechos más fundamentales. En él me veo no solo por eso (como me veo en Engels, por ejemplo) sino porque quisiera que ya no hubiera resentimientos ni brechas, ni impedimentos para amarse entre ricos y pobres y cosas así. Claro, a él lo motivaban otras cosas, quizá más "supremas", tal vez más "puras".
Yo soy comunista porque no soporto el clasismo de los pobres, que nos odian a quienes tenemos oportunidades, a los que hablan inglés u otro idioma, por sus malditos y estúpidos prejuicios. Odio la pobreza porque no soportan nada que represente algo distinto a lo que ellos son. Pero no odio lo que son, sino lo que ellos odian, con un rencor sumamente justificado. "Educación primero al hijo del obrero, educación después al hijo del burgués", es la consigna de muchos estudiantes que, no percatándose de su abierta discriminación y segregación, gritan y dicen como si fueran a refundar la patria, al estilo Uribe, que van a crear una nueva burguesía. Ni Chávez, ni Piedad, son así.
Soy comunista porque creo firmemente en que esos odios se zanjarían sin haber clases sociales. Bien lo decía mi autor de cabecera, el más sabio de todos, José Alfredo Jiménez: yo no entiendo esas cosas de las clases sociales, solo sé que me quieres como te quiero yo. Soy comunista por el amor y la oportunidad que da de amarse sin importar quién tiene y quién no. La verdad es que eso del monopolio del Estado y no sé qué, mientras la gente se quiera, me tiene sin el más mínimo cuidado. Soy comunista, en fin, porque creo que es el medio para erradicar los prejuicios de todas las clases y de todos los seres humanos. No es moda. No es por ser rebelde, ni por contradecir. Soy comunista hormonal, como decía Saramago, porque del mismo modo que las hormonas hacen crecer vello o lo disminuyen, como trae la menopausia y da menstruación, así mismo me nace serlo.
Eso sí, milito en mi muy amado Partido Liberal Colombiano, legado de mi abuelo, por el que luchó y por el que dio su vida, sin que lo mataran. Milito ahí por él y por Piedad, que es indiscutiblemente quien me representa en todos los aspectos políticos y morales y éticos. Milito ahí porque no creo en la violencia como método de trasformación (aunque admire al Che y a Fidel) y también por gente como Uribe Uribe, su primo el Indio Uribe, Ñito Restrepo, Luis Tejada, Ricardo Rendón (caricaturista que dibujó el logo de Pielrroja) y tantos otros socialistas que adoptaron al Partido como bandera de la desobediencia y de la igualdad, aunque algunos terminaran suicidándose por el desconcierto.
Les digo: antes el Che no era un terrorista, sino un héroe. Y yo no lo admiro por héroe, pues los héroes son idiotas que matan y se hacen matar por una causa. Yo lo admiro porque era un burgués como yo que de hecho cambió muchas cosas. 

Comentarios

  1. ¿está proyectando? los modales de Uribe para descalificar a un opositor no son muy diferentes a los suyos. Debe ser por eso que le chocan tanto. Qué fácil es llenarse la boca.

    ResponderEliminar
  2. Jajajajaja, sisas, me estoy proyectando. Pero no me lleno la boca porque yo ni como.
    Gracias por participar, dicen en Caracol.

    ResponderEliminar
  3. Por un instante, cuando vi la foto de Carolina Sanín al inicio del blog, temí que esto había sido escrito por ella. No soy de ideologías políticas, pero si me resulta algo perturbador una defensa al amor plagada de tanto odio y resentimiento.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Cuento

De niña tenía tres amigos imaginarios: El Miamor, Rosita y Angélica. Raro que Angélica llevara siempre un vestido rosadito, mientras que Rosita, uno azul. El Miamor siempre estaba de rojo. Miralos, le decía a mi abuela. Le decía a todo el mundo, pero nadie los veía.
Y tenía un Coqueo, un coqueo rosadito. El Coqueo era una cobija pequeñita en forma de conejo que me regaló un amigo de mi papá cuando nací. Mi mamá dijo "valiente maricada", no sabiendo del amor que nos íbamos a tener -del amor que aún le tengo- ni de cómo me chocaba que me lo lavaran y perdiera ese olor a mugre, mocos y lágrimas.  Así lo puse, Coqueo,  pero en un viaje a la finca de mi tía Gladys en Puerto Triunfo lo dejaron perder en una cantina. Objeto transicional, que llaman. Con él me chupaba el dedo hasta que me dormía. Y chupé dedo hasta los trece años (todavía tengo una cicatriz en mi dedo gordo izquierdo que lo comprueba). Con él jugaba, también, a que era torera de un torito de mi tamaño. Y, con unas esp…

Sin título

Mucha gente piensa que soy devota de Vallejo y Cioran. De esa gente. De citas como "el hombre es lobo para el hombre" o "el hombre nace bueno y la sociedad lo corrompe". Que me encantan los poetas malditos, cuando en mi vida jamás he leído a alguno. Y no me interesa. Me cansé, no porque me parezcan malos, de Dostoievsky y Balzac, de los nietzscheanos y su maestro, de los pesimistas, de los que creen que yo suelo leer o seguir. Sé que fueron franceses -pero ya lo estoy dudando, quienes dijeron esas frases. En fin. Esos, esos estilo Voltaire y el otro de la educación, y no es que sea alguien de cuyo nombre no quiera acordarme, porque no me gusta parafrasear a quien no he leído tampoco, sino que no sé escribirlos, o es que no distingo entre esos cuatro de la Revolución de la guillotina. ¿Cómo era? Ay, que me pegue la Miss de Sociales, en su momento me los aprendí. ¿Quién es que era la Miss de sociales? Ya se me olvidó, también. Con lo que los quiere mi papá. Bueno, sí,…