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Mi niñez

De niña tenía tres amigos imaginarios: Miamor, Rosita y Angélica. Raro que Angélica llevara siempre un vestido rosadito, mientras que Rosita, uno azul. El Miamor siempre estaba de rojo.
Miralos, le decía a mi abuela. Le decía a todo el mundo, pero nadie los veía.
Y tenía un coqueo, un coqueo rosadito. El coqueo era una cobija pequeñita en forma de conejo y así le puse, pero en un viaje a la finca de mi tía Gladys en Puerto Triunfo, lo dejaron perder en una cantina. Objeto transicional, que llaman. Con él me chupaba el dedo hasta que me dormía. Y chupé dedo hasta los trece, todavía tengo una cicatriz en mi dedo gordo izquierdo que lo comprueba.
Como Serrat, me gustaría decir "tenía un cielo azul y un jardín de adoquines...", pero no, porque había plantas, cuál jardín de adoquines, y también un viñedo en el trópico y matas gigantescas detrás de las cuales pretendía esconderme.
Un día mi tío Juan se fue para La Guajira. Yo tenía cuatro años. El Miamor, Rosita y Angélica se fueron con él. No los volví a ver. En mi mar inmenso preguntaba si acaso me odiaban, o habían partido para irse con niños más solos. Este era mi mar...

Allí pasaba horas enteras, creo que ya hastiada de la vida y preguntándole cosas. Miamor evidentemente no me amaba, por eso, con mis amigos, se fue para La Guajira. Pero supongo que también se debió a que nació mi hermana, María, bendita entre todas las mujeres, entre las cuales no faltaron mi abuela, mi mamá, Cuca (mi tía) y Mincha. Se fueron todos. Yo me quedé sola en mi Bongo rojo, esa ponchera, tan inmensa como cualquier océano, tan vasta como mi imaginación.
Hasta que entré al colegio y descubrí la maldad. Yo la ejercí con mi hermana, le tiraba mocos en su cuna, le albergaba un rencor tan profundo como el que ahora les tengo a quienes hablan mal de Piedad, y no diré nombres para que se inflen como los sapos que son. No podía soportar que mi abuela tuviese otro amor, incluso uno que había superado el de una lora que se llamaba Lora, que se fue, se voló de la casa de Patio Bonito por los celos que me tenía. Llegó María y a ella le regalaron una vaca: el Torombollo Amarillo. Ya la Corronga, la mía, como que no tenía importancia, aunque diera más leche, digo yo. Tal vez por eso se fueron bien lejos mis amigos imaginarios, con otros niños. Ni soportaron mis celos, ni a mi hermana. Se fueron con Juan en un paseo que él hizo con sus amigos, en medio de una varicela que me dio a mí.
De mi coqueo nunca volví a saber nada. Me cosieron uno azulito cielo, lo más de desagradable, porque ni tenía mi olor, ni tampoco mis babas, ni mi mugre. ¿Cómo lo iba a querer? Ni siquiera era rosadito.
Así empecé a perderlo todo: mi identidad, mis amigos, mis objetos.
Un año después entré al colegio, y al año, me dio fiebre reumática, la que me condenó al benzetazil hasta que tuviera dieciocho años, como una condena a cadena perpetua.
Pero el colegio fue lo peor, y haber crecido. Ya no cabía en mi Bongo rojo y no podía reflexionar con respecto a la vida y el mar. Les decía "¿quieres ser mi amiguito?" y todos me respondían que no. Claro, era jorobada, orejona y con las cejas juntas. Todos se juntaban con las monas, con las lindas, las de orejas normales, ojos azules o verdes, las menos altas, las más bonitas. Y ellas se juntaban con los de la plata, los más "charros" y ocurrentes.
El mar me quedó pequeño, nunca tuve dónde reflexionar, y aquí estoy.

Comentarios

  1. Sentimientos compartidos en un mar de bits... crecimos y los amigos fueron efímeros

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Cuento

De niña tenía tres amigos imaginarios: El Miamor, Rosita y Angélica. Raro que Angélica llevara siempre un vestido rosadito, mientras que Rosita, uno azul. El Miamor siempre estaba de rojo. Miralos, le decía a mi abuela. Le decía a todo el mundo, pero nadie los veía.
Y tenía un Coqueo, un coqueo rosadito. El Coqueo era una cobija pequeñita en forma de conejo que me regaló un amigo de mi papá cuando nací. Mi mamá dijo "valiente maricada", no sabiendo del amor que nos íbamos a tener -del amor que aún le tengo- ni de cómo me chocaba que me lo lavaran y perdiera ese olor a mugre, mocos y lágrimas.  Así lo puse, Coqueo,  pero en un viaje a la finca de mi tía Gladys en Puerto Triunfo lo dejaron perder en una cantina. Objeto transicional, que llaman. Con él me chupaba el dedo hasta que me dormía. Y chupé dedo hasta los trece años (todavía tengo una cicatriz en mi dedo gordo izquierdo que lo comprueba). Con él jugaba, también, a que era torera de un torito de mi tamaño. Y, con unas esp…

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